Desde que NAMCO decidiera llevar a las consolas domésticas el éxito de las recreativas de principios de los noventa, Ridge Racer, y que lo hiciera con una excelente conversión a la consola de Sony, Playstation, ha llovido mucho. Tanto como para haber tenido tiempo de visitar otras plataformas (Nintendo 64, PSP y, recientemente, Xbox 360) y dejar en todas ellas su inconfundible sello de arcade vertiginoso: un potente motor gráfico -que no estuvo a la altura en todas sus secuelas-, una cuidada banda sonora, y una fuerte personalidad.
Desde su comienzo, la saga Ridge Racer dejó de lado el afán por alcanzar el realismo de la conducción en carretera y apostó por la diversión más directa. Esto se tradujo también en una total despreocupación por ofrecer circuitos y coches reales, lo que en ocasiones redunda en la aparición de prototipos verdaderamente espectaculares.
De Ridge Racer se puede decir que es una de esas sagas que a nadie deja indiferente: tiene tantos detractores como fervientes defensores. Los primeros son, necesariamente, aquellos que adoren los simuladores más meticulosos de conducción, como el archiconocido Gran Turismo 4. Los segundos, justificarán a quien se les ponga por delante que hay pocas cosas más divertidas que una carrera a más de 300 km/h en la que no deberás preocuparte por la mecánica del coche ni por acabar estrellado en cualquier cuneta del circuito.
Eso aquí no ocurre. Esto es, RIDGE RACER.